El Hombre de la Areté

Camino a la excelencia, cumpliendo el mandato de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo.

El amor romántico, como experiencia significativa de la existencia humana, no es un mero accidente dentro de las posibilidades que ofrece el universo; el encuentro con una persona en un momento determinado de la vida no lo concibo como una simple casualidad. Esa “magia” que se produce cuando dos seres únicos en el mundo se encuentran, se gustan, conectan e intiman no debería tomarse a la ligera ni minimizarse. Por el contrario, merece ser puesta en valor, pues de ese encuentro surge una posibilidad biográfica para la vida de ambos, incluso cuando el vínculo sea fugaz.

La brevedad de un encuentro no lo vuelve menos importante ni carente de significado espiritual. Compartir un fragmento de la propia vida, ya sea durante largo periodo o apenas unas semanas, si se hace desde la honestidad, el compromiso y la lealtad, se convierte en alimento para el alma y deja aprendizajes profundos. No todos los vínculos están hechos para durar; algunos existen para revelarnos aspectos de nuestra personalidad, nuestras carencias emocionales o los límites que hemos traspasado sin advertirlo, o que simplemente aún no teníamos claramente definidos.

En este sentido, tanto el amor como el desamor llegan para iluminar aquellos aspectos de nosotros mismos en los que es necesario trabajar si aspiramos a convertirnos en ese ser humano de la areté. Conocernos mejor y más profundamente, incluida la forma en que nos relacionamos con otras personas, es una tarea de la que debemos hacernos cargo. Sólo así las experiencias se transforman en una verdadera vía de autoconocimiento

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